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Cerca de un poblado Mursi, Etiopía, en el hotel más barato de todo nuestro viaje.

Niños Erbore, Etiopía

El sur de Etiopía está poblado por tribus que, aunque viven muy cerca unas de las otras, son completamente diferentes. Sólo disponen de un punto en común, a los turistas les cobran dos birrs por cada foto. Aunque al cambio son tan sólo quince céntimos de euro, el sistema crea una presión tal en el fotógrafo que, antes de darle al botón, uno se lo piensa varias veces. Más aún cuando los “caras quemadas” han aprendido a contar las fotos que les hacen según los clicks que oyen. Tantos clicks, tantos birrs multiplicados por dos.
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Axum, Etiopía, donde aseguran custiodar el Arca de la Alianza.

Chica Hamer, Etiopía

La política tampoco es una excepción en la singularidad de Etiopía y son varios los récords que acumulan. Por un lado, es el único país de África que nunca estuvo colonizado. Mussolini intentó invadirlo pero, apenas cinco años después, los italianos tuvieron que salir por patas y volver a su redil en Eritrea. Por otro, su rey gobernó más años que cualquier otro monarca del mundo en el siglo XX, tanto que incluso llegó a perder el juicio. A pesar de ello, nadie se atrevió nunca a llevarle la contraria en sus absurdas decisiones. Por si esto no era suficiente, en sólo veinte años pasaron de ser una monarquía absolutista a establecer un estado comunista para después acabar siendo un país capitalista. Estos vaivenes los pusieron a la cola del desarrollo mundial, de la que difícilmente saldrán mientras la mayoría de población siga sin agua corriente.

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Axum, Etiopía, donde aseguran custiodar el Arca de la Alianza.

Axum, Etiopía

13 meses de sol. Éste es el reclamo que utiliza el gobierno de Etiopía para atraer a los turistas. Como mucha de la publicidad es una verdad a medias, pero que nadie apueste qué mitad es la buena porque perdería. Su año tiene trece meses y, en cambio, en pleno verano es difícil ver el sol. Etiopía es un país extraño, donde nada es lo que parece y todo es diferente a lo que uno espera. Quizás por eso es tan especial.

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Desde Way Away queremos aportar nuestro granito de arena para ayudar en la lucha contra el hambre que ahora asola Etiopía y Somalia y hemos donado el 100% de nuestras ventas del mes de Julio a Intermon y Unicef. Es verdad que acabamos de “nacer” y no es una gran cifra pero os aseguramos que para nosotros sí que es importante. Quizás sea una flor en el desierto, como las de estas fotos y posiblemente no hará primavera, pero igual sirve para que alguien más se anime. Algunos periodistas dicen que este drama no es tan mediático como lo fue, por ejemplo, el terremoto de Haití y que encima ha caído en Agosto, el peor mes para recaudar donativos porque parece que nuestra conciencia también se toma vacaciones. Pero ellos mismos son los que ya han quitado la noticia de sus portadas, así que os ponemos este link de La Vanguardia de hace tres días donde veréis todas las cuentas corrientes donde podéis ingresar vuestro donativo si queréis.

También os ponemos este post que escribimos cuando estuvimos en Etiopía hace años, donde copiábamos una descripción del drama del hambre que, aunque parezca mentira, todavía es más cruda que las fotos que casi nos hemos acostumbrado a mirar sin ver.

Addis Ababa, capital de Etiopía, de las mejores cafeterías del mundo y también de las peores hambrunas

La muerte por hambre es posiblemente la más indignante de todas y Etiopía tiene una larga historia repleta de sequías y hambrunas. Lo más probable es que, aparte de verlas por el telediario, ninguno de nosotros haya estado nunca cerca de una situación tan dramática. Aunque también es probable que hayamos pasado por al lado de personas que la estuvieran sufriendo en silencio y ni siquiera nos dimos cuenta o, mucho peor, quizás apartamos la mirada. Cuando pensamos en ello es imposible no sentirse culpable. Primero porque, en cierta forma, lo somos y segundo porque hay que tener mucha grasa en la tripa como para no notar un pinchazo en el estómago.

Ayer nos pilló una tormenta tropical caminando por Lalibela y no pudimos más que resguardarnos bajo un árbol. Aprovechando el hueco que quedaba entre nuestras espaldas y el tronco, un niño se coló para protegerse de la lluvia. Por todo abrigo llevaba una manta completamente empapada y no dejaba de temblar. Cuando la cosa se puso más fea, le pasamos por la cabeza uno de esos chubasqueros que en occidente serían de usar y tirar y que aquí posiblemente durará más que Nelson Mandela. No dijo nada, ni una palabra. Tan sólo de vez en cuando levantaba la mirada y sonreía a Belén como si le hubiéramos regalado la bicicleta más chula del mundo.

No sabemos cuántos chubasqueros nos habrían cabido en la maleta pero seguro que no suficientes para acallar todos nuestros remordimientos de niños ricos. Por eso, durante alguno de los más de ochenta vuelos que hemos tomado este año, hemos fantaseado sobre qué ideas simples pero prácticas podrían marcar una diferencia en el tercer mundo. Existen las que todo el mundo conoce. Gravar con un 0.7% todas las transacciones financieras, según algunos cálculos cifra suficiente para paliar el hambre en todo el mundo (de ahí viene el famoso 0.7 que después se ha quedado como referente para cualquier donativo). Pagarles un sueldo a los niños para que vayan a la escuela en vez de mendigar o trabajar, idea puesta en práctica en México y copiada en África por varias fundaciones. Microcréditos para que las familias puedan obtener sin intereses cantidades de dinero pequeñas pero suficientes para comprar un arado, un nuevo tipo de semillas o cualquier cosa que les permita labrarse un futuro. Y más que deben haber por ahí y que muchos de vosotros conoceréis pero que nosotros ignoramos.

Lamentablemente no somos ningunos genios y seguimos con nuestros remordimientos y nuestras fantasías pero nos anima saber que Muhammad Yunnus, el pakistaní inventor de los microcréditos, no se sentía muy diferente a nosotros antes de tener su genial ocurrencia. Es más, este profesor de Economía nunca imaginó que alguna de las ideas que intentó poner en práctica en el pueblo cercano a su Universidad pudiera realmente funcionar. Sin embargo, ahora ya son más de tres millones las familias beneficiadas por su experimento. Cuenta en su libro “Banker to the Poor” que fue al ver en persona el drama de personas hambrientas cuando decidió buscar nuevas fórmulas económicas radicalmente diferentes a las clásicas. Según sus propias palabras, era un contrasentido estar en clase enseñando grandes teorías y ver por la ventana que no servían para evitar algo tan horrible. Su descripción de la hambruna que en esa época asoló Pakistán es tan cruda que cuesta olvidarla:

“Hungry people were everywhere. Often they sat so still that one could not be sure whether they were alive or dead. They all looked alike: men, women, children. Old people looked like children. Children looked like old people. The starving people did not chant any slogans. They simply lay down very quietly on our doorsteps and waited to die. There are many ways for people to die, but somehow dying of starvation is the most unacceptable of all. It happens in slow motion. Second by second, the distance between life and death becomes smaller and smaller, until the two are in such close proximity that one can hardly tell the difference. Like sleep, death by starvation happens so quietly, so inexorably, one does not even sense it happening.”[1]


[1] “Había gente hambrienta por todas partes. A menudo estaban sentados tan quietos que uno no podía estar seguro si estaban vivos o muertos. Todos se parecían entre sí: hombres, mujeres, niños. Los ancianos parecían niños. Los niños parecían ancianos. Los hambrientos no coreaban ningún eslogan. Simplemente estaban estirados en nuestros portales, sin apenas moverse, esperando morir. La gente puede morir de muchas formas, pero hacerlo de hambre es la más inacceptable de todas. Sucede a cámara lenta. Segundo a segundo, la distancia entre la vida y la muerte se va acortando y acortando, hasta que las dos están tan cerca que uno difícilmente puede notar la diferencia. Igual que el caer dormido la muerte por hambre llega de una forma tan silenciosa, tan inexorable que uno ni siquiera se da cuenta.”

Itinerario recomendado para visitar Etiopía con restaurantes a lo largo de la ruta.





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