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Rutas y restaurantes para disfrutar de tu viaje más que nunca

¿Estás pensando en viajar a Japón? Japón enamora a los que les gusta la historia y la cultura, a los fans de lo último en tecnología a buenos precios, a los paladares que disfrutan con la comida japonesa y a todos aquellos que se vuelven locos por la moda y el shopping. Si encajas en alguno de estos perfiles, no te lo pienses dos veces y empieza a buscar vuelos a Japón con el comparador de vuelo24.es

Cartel publicitario en Japón

Si ya tienes el vuelo y lo que necesitas saber lo que no te puedes perder en este país asiático, aquí tienes lo que debes ver sí o sí, en tu viaje por Japón:

– Tokio: esta inmensa ciudad es la Nueva York del siglo XXI. Seguramente alguno de tus vuelos o el de ida o el de vuelta saldrán o llegarán a esta ciudad. Es sin duda alguna una parada obligatoria.

Shibuya, Tokio, Japon

– Visitar Nara: muy distinta a la anterior ciudad, pero sin dejar de ser una visita obliga por ser la antigua capital de Japón y emblema del patrimonio artístico.

– Kioto: es una ciudad moderna cómo Tokio pero con muchísima más tradición que esta segunda. Si eres un gran fan y amante del Manga, te encantará, tendrás la sensación de vivir como dentro de uno de sus cómics.

Templo de Kiyomizudera, Kioto, Japon

– Hiroshima: conocida por ser objetivo de la primera bomba atómica. Para recordar ese gran desastre a nivel mundial, es una buena visita.

– Shirakawago: no te quedes solo con las grandes urbes, como son Tokio o Kioto, si viajas a Japón aprovecha para ver un poco de todo. ¡No te arrepentirás!

– Alojarse en un Ryokan en Hakone: conocida por sus paisajes y sus aguas termales. Si quieres sentirte como un auténtico local, Hakone es idónea para tener una experiencia Samurai. ¡No te lo pierdas!

– Comer comida japonesa: esto lo puedes hacer a lo largo de todo tu viaje y esperamos que lo disfrutes porque la comida japonesa es una de las mejores. Tokio se ha convertido en la ciudad del mundo con más estrellas Michelin, por alguna cosa será.

Mercado del pescado, Tokio Japon

Itinerario recomendado para visitar Japón con restaurantes a lo largo de la ruta.





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Alain García Bariel llegó a Japón con 21 años tras conocer a la que por entonces era su novia Japonesa estudiando en Inglaterra un año antes. El primer año se lo pasó en una escuela de Japonés y a partir del segundo empezó a trabajar como administrador de sistemas en Tokio. Ha vivido 5 años en Tokio, 1 año y medio en Okinawa y ahora está de vuelta trabajando en Tokio. Disfruta de la estrevista que Way Away le hace sobre Japón:

Alain blogger de "A Japón"

– ¿Qué lugar de Japón, al que has viajado, te ha impresionado más? ¿Qué consejo le darías a alguien que quiere viajar allí?

Uno de los lugares que más me ha impresionado de Japón ha sido Okinawa, lugar en el que he estado viviendo más de año y medio. Okinawa a pesar de ser  una isla parte de Japón está a más de 1500 kilómetros de Tokio, más cerca de Taiwan o China que del propio Japón. Okinawa se puede considerar como el Hawaii Japonés.
A cualquiera que visite Okinawa le aconsejaría visitar las playas preciosas que tiene Okinawa y probar los platos tradicionales de la isla como el agu, rafute, goya chanpuru o el okinawa soba.

Alain, blogger de "A Japón"

– ¿Qué es lo que odias olvidar en tu maleta cuando viajas?

Odio olvidarme de los cargadores, bien sea del móvil o de la cámara de fotos.

– ¿Qué le dirías a aquellos viajeros que tienen miedo de viajar por su cuenta, y terminan yendo a una agencia de viajes, aunque no les gusta hacer viajes ni excursiones organizadas, ni viajar con paquetes turísticos?

Hoy en día en Internet se puede encontrar toda la información necesaria para planificar un viaje. Yo siempre suelo comprarme el billete de avión primero y luego ya busco en Internet hoteles y sitios que visitar. Organizándolo todo por tu cuenta te puede dar muchas más libertad en tu viaje y ahorrarte bastante dinero.

Alain, blogger de "A Japón" en Saitama

– ¿Qué tipo de comida has probado en tus viajes por Japón y has encontrado deliciosa / sorprendente? ¿Nos puedes recomendar algún lugar en el que probarlo?

Como comida deliciosa, aunque puede parecer un tópico, la comida japonesa que más me gusta es el sushi. Cuando estoy en el extranjero por mucho tiempo siempre estoy deseando volver a Japón para ir a comer sushi.
Uno de mis restaurantes de sushi preferidos está en la calle center-gai en Shibuya, pero si queréis probar lo mejor de lo mejor en sushi lo mejor es ir a Tsukiji o a Ginza, aunque los precios pueden salir bastante más caros.
Como comida sorprendente, el shirako es lo que más me ha sorprendido en Japón, tan sorprendente que nunca me he atrevido a probarlo. Básicamente es esperma de pescado (generalmente fugu) y tiene un aspecto blanco y biscoso que no me atrae nada.

– Por último, ¿puedes contarnos algo que te ha pasado viajando y que nunca olvidarás?

Nunca olvidare la primera vez que vine a Japón, la multitud de gente por todos lados, las luces de neon haciendo que la noche parezca de día, la gente con trajes negros como si todos fueran banqueros y letreros imposibles de leer en aquel entonces.
Un shock cultural tan grande al principio que nunca olvidaré y el cual ahora mismo solo pienso: “al final solo había que adaptarse”.

Alain, blogger de "A Japón" en Tokyo

Muchísimas gracias Alain por el tiempo dedicado a la entrevista. Si quieres saber más sobre sus aventuras, no dudes en visitar su blog A Japón, donde encontrarás un montón de información. Además puedes ver las fotos de sus viajes en Flickr.

Itinerario recomendado para visitar Japón con restaurantes a lo largo de la ruta.





La mejor época para visitar Japón es abril-mayo // octubre-noviembre.

Los meses de verano son muy calurosos y húmedos. Si vais de junio a agosto no olvidéis el paraguas ni un chubasquero.

Los meses de invierno suelen ser fríos, con nevadas en algunos puntos, por lo que es recomendable llevar ropa de abrigo.

Los meses de abril, mayo, octubre y noviembre son los más suaves y despejados. Aunque la temperatura es buena, no olvides llevar algo de abrigo especialmente para las noches (sobre todo si viajáis en noviembre).

Templo de Kiyomizudera, Kioto, Japón

Entre finales de marzo y principios de abril, es el florecimiento de los cerezos, todo un acontecimiento en Japón.

Septiembre es el mes de los tifones, así que no recomendamos viajar en estas fechas a las zonas de Okinawa, Izu-shotō y Ogasawara-shotō.

Consultar aquí la previsión para los próximos 9 días en Tokio.

Itinerario recomendado para visitar Japón con restaurantes a lo largo de la ruta.

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Tokio, capital de Japón.

Yoyogi, Tokio, Japón

 
Quiero ser japonés. Quiero poder andar como ellos, en silencio, sin rozar el suelo. Quiero coger las cosas con la misma dulzura con que lo hacen ellos, extendiendo las dos manos abiertas con las palmas hacia arriba y asintiendo con un gesto amable como si todo fuera un tesoro. Quiero vivir en sus casas, con esa luz que se filtra por el papel de seda y lo envuelve todo más que no iluminarlo. Quiero notar el agradable tacto de sus tatamis cuando camine por ellos con mis pies descalzos. Quiero sentir el placer de ponerme sus kimonos y dormir en sus futones. Quiero sentarme a comer en sus barras, con un cocinero que me prepare sushi pieza a pieza, como si cada maki fuera una joya única. Quiero pasear por sus jardines y perderme entre sus árboles, sorteando esas formas perfectas que sólo se consiguen con años de paciencia y quilos de mimos. Quiero ser uno de ellos, sentirme parte de su cultura y no verla como un secreto admirador mira a su musa sabiendo que nunca la convertirá en su amante.

(más…)

Viajando en un tren bala de Tokio a Takayama

Escribimos mientras volamos en un tren de alta velocidad llamado Shinkansen, el famoso tren-bala. Veinte vagones, cada uno de dos pisos, avanzando a más de 300 kilómetros por hora. En los años ‘60 Japón decidió que su estrategia de transporte iba a basarse en los trenes y no en los aviones. Hay decisiones que marcan el futuro de las empresas e igual sucede con los países. No son muchas, todo lo contrario, a lo sumo una o dos en cada legislatura o ciclo empresarial. En esos casos, además, nadie puede asegurar a priori qué opción es la correcta. Siempre habrán tecnócratas, científicos, burócratas o simples políticos a favor o en contra de una u otra decisión, argumentos en un sentido y en el otro, perjudicados y favorecidos. A posteriori tampoco es fácil saber si las decisiones fueron acertadas o no porque sus consecuencias sólo serán visibles al cabo de décadas. En realidad, los propios líderes, los buenos de verdad, los que al final de su vida han demostrado y probado tener éxito una y otra vez, son los primeros que cuando se les pregunta por sus méritos hablan de la suerte.

Es la teoría de la ventana y el espejo: the window and the mirror. Estos líderes miran a través de la ventana para buscar las razones de sus éxitos, mientras que se miran al espejo para encontrar las de sus fracasos, que también los han cosechado. Creen a pies juntillas que cuando las cosas les salieron bien fue gracias a un cúmulo de causas fortuitas entre las que no se incluyen y, en cambio, cuando todo se torció se designan como únicos culpables por no haber sido capaces de anticiparlo. Es la conclusión de un estudio realizado entre los dirigentes de las 50 empresas que más incrementaron su valor en bolsa durante los últimos 20 años. Mirad ahora alrededor vuestro. Fijaros en nuestros líderes políticos o en vuestros jefes de empresa. Delante de un fiasco, ¿se reconocen como culpables o miran a través de la venta señalando a otros? Y al revés, cuando las cosas salen bien, ¿confiesan que la fortuna les sonrió o no paran de recordarnos que el mérito fue suyo?

En ese mismo estudio también se preguntaba sobre el método seguido para tomar esas decisiones críticas: el 75% afirmaron que en la mayoría de las ocasiones se dejaban llevar por su propia intuición, ahora que ya estaban jubilados podían reconocerlo sin tapujos. No tenían ningún sistema, no seguían ninguna metodología complicada, ni mucho menos realizaban análisis profundos. Tampoco tenían trucos, varitas mágicas o chisteras de donde sacar conejos de oro. Listos como nadie, ante cualquier dilema siempre eran capaces de encontrar argumentos a favor y en contra, de defender una postura o atacar la contraria y volver a hacerlo en el sentido inverso. Tan fácil les resultaba que al final ya no podían distinguir qué opción era la mejor, simplemente dejaban que su instinto decidiera por ellos.

Juguemos ahora a ser líderes, a tomar nosotros esas decisiones que pueden cambiar el rumbo de un país, y hagámoslo como ellos, dejando que sea nuestra intuición la que nos guíe. Si fuerais el presidente del gobierno ¿por qué sistema de transporte apostaríais? ¿Trenes como Japón o aviones como EE.UU.? Si escogéis los trenes, ¿lo haríais con un sistema radial o con uno concéntrico? ¿Uniendo Madrid con todas las capitales de provincia o formando un círculo con La Coruña, Bilbao, Barcelona, Valencia, Málaga, Sevilla, Lisboa y de nuevo La Coruña? ¿O mejor aún, estableciendo una gran línea que una África con Europa pasando por los principales puertos del Mediterráneo? Si habéis elegido los aviones, ¿preferís un solo hub gigante en Madrid y un aeropuerto pequeño en cada capital de provincia, o varios hubs repartidos por toda la península bien conectados con las ciudades más próximas? Puede parecer un juego tonto pero no lo es. Este tipo de decisiones son las que marcan el éxito de un país y demasiadas veces los ciudadanos de a pie no les prestamos ninguna atención.

Los dos grandes fabricantes de aviones, Boeing y Airbus, también han tenido que apostar sobre cómo será el mercado en el futuro, si los países más avanzados escogerán tener un solo hub o varios. Los americanos, más federalistas que nadie, creen en una red con muchas conexiones, más hubs y, por tanto, menos viajeros por vuelo; por eso han decidido desarrollar aviones más pequeños, de menor gasto y con mayor facilidad para despegar y aterrizar. En el consorcio europeo controlado por los absolutistas franceses, en cambio, están convencidos de que los vuelos se centralizarán y el número de hubs no crecerá. Habrán menos vuelos y las distancias serán más largas pero con más pasajeros en cada uno de ellos. De esta forma han apostado por un superavión, el A380, de largo alcance y con el máximo número de pasajeros.

Tardaremos años en saber cuál de las dos compañías habrá acertado pero, en nuestro caso, hace meses que ya tuvimos que decidir: dejarlo todo e irnos a dar la vuelta al mundo, o seguir con nuestras vida tal y como las conocíamos. Primero seguimos lo que habíamos aprendido en la universidad y en nuestros trabajos e hicimos una lista con pros y contras. Después la arrugamos y la tiramos a la papelera, dejando que decidiera nuestro corazón. Si hubiéramos hecho caso a nuestra cabeza, todavía estaríamos discutiendo qué opción es la mejor en vez de ir a 300 km/hora mientras comemos sushi.

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Kioto, antigua capital imperial de Japón

Sushi. Pescado crudo. Desagradable. Asqueroso incluso. Y tienes toda la razón. Si nunca lo has probado es difícil sentirse atraído por él. Pero debes hacerlo, no te arrepentirás. La primera vez no te gustará pero notarás algo especial. Algo que, sin saber muy bien qué es, hará que quieras tomarlo de nuevo. Si caes en la tentación, será demasiado tarde para volver atrás porque tu adicción al sushi habrá empezado. En pocas semanas o incluso días, entrarás de nuevo en un japonés. Creerás que es casualidad o el destino. La excusa será una cena de trabajo o unos amigos que hace tiempo que no ves, pero en realidad será la señal de que estás cayendo en sus redes.

Y eso que seguirá sin gustarte del todo pero, de forma incomprensible, seguirás comiendo sushi una y otra vez hasta que llegue ese día en que, de repente y sin avisar, todo su placer explote en tu boca. Cuando eso ocurra, levantarás la mirada sorprendido y verás que tus compañeros de mesa están sintiendo lo mismo. Lo notarás por sus caras, por su forma lenta de comer para alargar al máximo ese momento en que el sushi llega al clímax. Diferentes sabores y texturas combinados con tal armonía que al invadir tu paladar se fusionan unos con otros, multiplicando su fuerza y provocando que cada momento sea mejor todavía que el anterior.

Extrañado por lo que acabas de sentir, mirarás de nuevo al plato incrédulo. ¿Cómo puede ser que esas pequeñas piezas de arroz sean capaces de producir tal placer? Quizás lo has soñado, o igual no es para tanto. Por eso tienes que probarlo de nuevo. Con lentitud cogerás otra pieza de sushi, la mojarás en la salsa de soja, suavemente, como para no despertar todavía esa locura de sensaciones que parece encerrar dentro suyo, y la acercarás a tu boca. Con los ojos medio cerrados, te prepararás para ese frenesí que sentiste antes. Aunque al principio más que un mordisco te parece un beso. Suave, seductor, con esa textura del pescado, fría pero no helada, delicada y agradable como si fuera un labio carnoso. El sabor tardará en llegar porque está agazapado esperando el momento justo para dejarse notar de menos a más. Sin parar, más y un poco más. Y todavía más. Cada vez más. Igual que la primera vez, una ola continua de placer que, aunque empieza tímidamente, no para de crecer hasta conquistar cada rincón de tu boca. Orgasmo femenino de la gastronomía que te dejará embriagado hasta que reacciones preguntándote qué ha pasado. Entonces verás que los palillos ya forman parte de tus manos como si fueran tus propias garras. Garras que, sin que puedas hacer nada para evitarlo, están sobrevolando el sushi que queda en la mesa para lanzarte sobre él y hacerte sentir de nuevo el pecado en tu boca. Una y otra vez hasta que te quedes extasiado y te rindas a la evidencia. Adoras al sushi sin remedio.

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Quizás alguno de vosotros ha estado en la zona cero de las Twin Towers en Nueva York. Los hay que no sienten nada especial, a otros les impacta de sobremanera. Si sois de los primeros veniros a Hiroshima: 150.000 de una tacada, más otros tantos poquito a poco, como si de una “tortura china” se tratase.

“Tortura” porque a los que la bomba no les mató el 6 de Agosto de 1945 a las 8 y 15 minutos, les fue quitando la vida a lo largo de los años como si fuera una cuenta atrás radioactiva, eso sin contar a los que mutiló emocionalmente ese mismo día y para siempre. Y “china” porque para desarrollar la bomba atómica hizo falta el esfuerzo de centenares de científicos, un auténtico trabajo de chinos, cada uno aportando su granito de arena, lo justo para que después ninguno pudiera sentirse padre ni responsable del invento. De todos ellos, tan sólo seis o siete pidieron por escrito al gobierno que la bomba nunca fuera lanzada. Su intento sólo sirvió para enterrar allí y entonces sus prometedoras carreras.

De toda nuestra visita a Hiroshima, lo que más nos impresionó fue el ritual que siguen los colegios cuando entran en la zona cero japonesa. Primero leen una declaración de paz delante del Monumento a los Niños que murieron aquel día. Después, con las manos entrelazadas formando un círculo, cantan y rezan hasta quedarse sin lágrimas. Lo más indignante, en cambio, estaba puertas adentro. En el Museo por la Paz pudimos leer las misivas secretas, ahora ya descatalogadas, que se intercambiaron los mandos americanos las semanas previas al lanzamiento. No son muy diferentes de las que se podrían cruzar hoy en día los responsables de marketing de cualquier empresa. Hablan de targets prioritarios, de test de producto, de poder valorar correctamente los resultados, de las diferentes consecuencias del lanzamiento, de cómo justificarían tantos recursos invertidos si finalmente no pueden lanzarla, etc. La única diferencia es que las de entonces estaban escritas a máquina y con faltas de ortografía. Se entiende que aquellas bestias inhumanas no tenían corrector ni alma, porque una cosa es hablar de lanzar un nuevo sabor de helado y otra muy diferente de fundir literalmente a miles de personas.

Es difícil señalar a un único culpable porque no fueron una ni dos sino cientos de personas las involucradas. La excusa de que, gracias a esos daños colaterales, se evitaron pérdidas mayores al conseguir que la guerra se acabara en ese mismo instante es tan cínica que no vale la pena ni discutirla. Por eso uno se pregunta si nos gobiernan unos imbéciles o si los imbéciles somos nosotros por dejarnos gobernar así. La tentación de pensar que eso ocurrió hace más de 60 años y que no tiene nada que ver con nosotros es grande, pero hace bien poco España apoyó una guerra “preventiva” con la justificación de evitar futuros atentados terroristas. Para ponerlo en contexto se calcula que sólo las bajas civiles en Irak ya son superiores a la suma de todas las muertes por atentados terroristas de la historia de la Humanidad desde su inicio. Absurdo ¿no?

Como absurdo es pensar que son otros los malos y nosotros los buenos. Que a ellos el poder les ha corrompido y que con nosotros no podrá. Mirad alrededor vuestro, ahora mismo. Aquél de aquí o el de más allá. O ese otro. Cualquiera sería capaz de apretar el botón rojo si lo tuviera a mano. No de golpe, claro. Primero sería una caricia, una pequeña decisión que no afectase a la vida de nadie. Pero poco a poco lo apretaríamos con más fuerza, con la justificación del bien común hasta cruzar una línea que no tiene vuelta atrás. Esa delgada línea que, no sin razón, dicen tiene el color de la sangre. Por eso no podemos dejar un solo botón al alcance de nadie, ni de nosotros mismos. Y por la misma razón el liderazgo de los políticos está muerto. Estamos hartos de banderas en nombre de las cuáles manchan nuestra vergüenza. Estamos hartos de líderes que utilizan sus escaños para imponer la dictadura de la mayoría. Porque una mayoría de burros siguen siendo muchos burros juntos. El futuro es de las ciudades y de los ciudadanos. Tuyo y mío. Y de nuestros vecinos, que sabemos qué cara tienen y de qué pié calzan. Pero no de los de más allá. No queremos que ellos nos impongan nada. Que se vayan ellos a la guerra y a tomar viento si les da la gana, pero que nos dejen en paz. Como dijo el alcalde de Hiroshima en una de sus continuas declaraciones en las que exige la eliminación de toda arma nuclear en el mundo:

“Ahora los gobiernos de las ciudades se están levantando y, junto con ellos, las voces de sus ciudadanos para participar en la política internacional y acabar con su inmoralidad”

Nuestra ciudad, Barcelona, la primera de ellas. Todavía se nos pone la piel de gallina al recordar el ruido ensordecedor de las miles de cacerolas con las que rechazamos la guerra. Sólo nos arrepentimos de no haber continuado cada día hasta echarlos a todos de nuestras calles. A ellos, a sus países y a sus banderas.

(ver en La Vanguardia artículo sobre Hiroshima y Fukushima)

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